you can't always get what you want... ♫♪

      ¡Buena semana a todos y todas! Como ya saben estamos empezando la crónica número 15, y además superando la barrera de las 500 visitas. Para los que no tienen mucha memoria les recuerdo que para festejar estos eventos, les pedí a mis lectores que me envíen sus crónicas, y si bien no fueron 25 mil las que recibí, cual casting para reality show; tuve el agrado de leer unas cuantas y bastante buenas. Así que después de un poco de chat y algunos arreglos con la autora de la decimoquinta crónica, que por alguna boba razón no quiere dar su nombre, ¡los dejo con su creación!

      Una vez me dijeron que ser estudiante universitario era un estilo de vida, que a mi entender es bastante agitado. ¿No notaron lo estresante que puede ser vivir pensando en exámenes, trabajos prácticos y materias cada vez más inentendibles? Les hablo de esto porque en una semana empiezan los exámenes finales de Mayo. Y aunque hay algunos que estudian más y otros menos, lo cierto es que a todos nos entra el apuro a último momento.

      Es que es tan triste empezar a estudiar con casi un mes de anticipación, te repetís a vos misma una y otra, y otra vez: ¡Tengo que ponerme a estudiar! ¡Tengo que ponerme a estudiar! Sacas tus carpetas, empezás a hacer apuntes, y de pronto cuando vas por el quinto minuto de estudio, el mundo empieza a conspirar contra vos dándote mil cosas más interesantes en qué distraerte. Si no es un mensaje, es el Facebook, es algún vecino que te pide algo, o es el volar de alguna mosca que se vuelve particularmente fascinante cuando tenés libros de Filosofía en frente.

      Encima con el pasar de los días te vas dando cuenta que cada vez falta menos y te volvés a repetir: ¡Me tengo que poner a estudiar! ¡¡Me tengo que poner a estudiar!! Pero no es hasta; en promedio, unos 3 días antes del examen que realmente entendés que te van a hachar sin asco, y ves que en un mes, estudiaste nada más que 4 de las 14 bolillas que tenés para rendir, que no terminaste los trabajos prácticos y que no llegas ni en pedo. Así que es en ese momento sacas fuerzas de no sé dónde, y terminas durmiendo unas 4 horas por día, no salís de tu departamento, tu celular deja de sonar, tocas la computadora solo si tenés alguna duda y tu alimentación se basa únicamente en un mágico elixir energizante llamado mate.

      Y después de toda la cuenta regresiva, las noches sin dormir, los días de puro nerviosismo, te llega la hora, se te revuelve el estómago, te da fiebre, un poco de nauseas, estás pálida y solo pensás en que se termine semejante tortura. Y de pronto, todo concluye con un siete en tu libreta, ¡un siete! ¡¡UN SIETE!! Si, estas contenta, feliz, se te fue todo el nerviosismo, pero después te pones a pensar y decís, ¿tanto lio?, ¿tanto esfuerzo para un siete? Lo peor es que no es ni una buena ni una mala nota, es un… siete. Pensás en todas las posibles respuestas que podrías haber dado, y como eso podría haber influido en tu nota, pensás en el posible hecho de que la profesora puede que no te quiera por alguna razón, analizas todas las cosas que dijiste en cuatro meses de clases, tu cabeza crea miles de teorías conspirativas...

      Pero todo se termina cuando llegas a tu casa, y ves a esa amiga que estuvo en todas, la cama, te pegas una dormida de unas dieciséis horas, después te pedís un lomito para cenar, y el ciclo de la vida universitaria vuelve a empezar otra vez…

Take it or Leave it.

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